jueves, 7 de marzo de 2013

Los adventistas, los jesuitas y Eusebio de Cesarea


En las publicaciones adventistas suele afirmarse con desparpajo que el historicismo, interpretación profética adoptada por los “expertos” de la secta remanente, se remonta nada más y nada menos que a los mismísimos apóstoles (¡!). En cambio, afirman que las interpretaciones de corte futurista y preterista son invenciones del siglo XVII realizadas por jesuitas españoles (¡!).

Por supuesto, los “entendidos” de la secta remanente obvian el hecho no solo de que el propio historicismo no es más que una variedad de futurismo, sino la realidad palmaria de que fue una invención de Joaquín de Fiore, abad —católico, naturalmente— del siglo XII, cuyas elucubraciones dieron origen a movimientos rayanos en la herejía como el de los franciscanos espirituales o abiertamente delirantes, heréticos y delictivos como los de los fraticelli. Así, querer atribuir antigüedad apostólica a la herejía historicista es una falsedad descarada, sumamente fácil de desenmascarar, incluso leyendo entre líneas el clásico mamotreto adventista en cuatro tomos titulado The Prophetic Faith of Our Fathers, obra de LeRoy Edwin Froom.

Con todo, quizá lo más sabroso de todo este entuerto de las fábulas adventistas no esté en el contaminado origen de su delirante y desacreditada ideología interpretativa, sino en la pretensión de que el preterismo sea una innovación posterior a la época de Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas. Para que tamaño infundio fuese cierto, sería menester que no hubiera habido explicaciones de corte preterista anteriores a Lutero.

El propio Froom se cuidó muy mucho de cribar convenientemente la larga lista de intérpretes, amigos y enemigos, recogida en sus libros, de modo que resulta sumamente complejo encontrar la verdad del asunto si fuéramos a fiarnos de él. Afortunadamente, no es preciso que los amantes de la verdad nos autolimitemos a la desinformación panfletaria que la secta remanente difunde de forma tan interesada. Quien de verdad desee saber lo que dijeron los cristianos de los primeros siglos puede recurrir a fuentes no contaminadas de sectarismo.

Uno de los cristianos de mayor relevancia en los primeros cuatro siglos fue Eusebio de Cesarea. No solo fue la persona que con más ahínco siguió la vocación de cronista de San Lucas, sino que se convirtió en el historiador de la iglesia por excelencia y sus escritos tuvieron gran relevancia para acabar con las persecuciones imperiales contra los cristianos y, más tarde, contribuyeron señaladamente a la conversión de una gran mayoría de los habitantes del Imperio romano al cristianismo. Aunque se escribieron originalmente en griego, dos de sus escritos más señalados reciben habitualmente un título latino: la Demonstratio evangelica (La demostración del evangelio) y la Teophania (La manifestación divina). Escritos a finales del siglo III o a comienzos del IV, contienen argumentos tenidos por irrefutables en su época y por muchos aún hoy sobre la verdad de la fe cristiana y sobre el asombroso cumplimiento de las profecías bíblicas a la vista de todas las naciones.

Siguen algunos pasajes de la Demonstratio evangelica (tomados de la edición de W. J. Ferrar, Translations of Christian Literature. Series I. Greek Texts. Londres: Society for Promoting Christian Knowledge; Nueva York: The Macmillan Company, 1920):

Tenemos luego en esta profecía del descenso del Señor entre los hombres desde el cielo muchas otras cosas predichas a la vez: el rechazo de los judíos, el juicio sobre su impiedad, la destrucción de su ciudad real, la abolición del culto practicado por ellos desde antiguo según la ley de Moisés; y, por otro lado, promesas de prosperidad para las naciones, el conocimiento de Dios, un nuevo ideal de santidad, una nueva ley y una nueva enseñanza proveniente de la tierra de los judíos. Os dejo que veáis cuán maravilloso cumplimiento, cuán maravillosa culminación ha alcanzado la profecía después de la venida de nuestro Salvador Jesucristo (vi.13).

Las Sagradas Escrituras predicen que habrá señales inconfundibles de la venida de Cristo. Ahora bien, entre los hebreos habría tres oficios sobresalientes de dignidad, que hacían famosa a la nación: en primer lugar, el de rey; en segundo, el de profeta; y, por fin, el del sumo sacerdocio. Las profecías dijeron que la abolición y la completa destrucción de los tres a la vez sería la señal de la presencia del Cristo. Y que las pruebas de que los tiempos habían llegado estarían en el cese del culto mosaico, la desolación de Jerusalén y su templo y la sujeción de toda la raza judía a sus enemigos. Sugieren también otras señales de los mismos tiempos: una abundancia de paz, la derogación en la nación y la ciudad de formas inmemoriales locales y nacionales de gobierno, la conquista de la idolatría politeísta y demoníaca, el conocimiento de la religión de Dios, el único Creador Supremo. Los santos oráculos predijeron que todos estos cambios, que no se habían realizado en los días de los profetas de la antigüedad, tendrían lugar en la venida del Cristo, que aquí demuestro que se ha cumplido como nunca antes según las predicciones (viii, Introducción).

Y desde ese tiempo una sucesión de todo tipo de problemas afligió a la nación entera y a su ciudad hasta la última guerra contra ellos, y el sitio final, en el que la destrucción se precipitó sobre ellos como una inundación, con todo tipo de miseria de hambre, peste y espada, y todos los que habían conspirado contra al Salvador en su juventud fueron cortados; después, también, la abominación de la desolación se levantó en el templo y ha seguido allí incluso hasta hoy, mientras que ellos han alcanzado día a día mayores profundidades de desolación (viii.2).

Ya he considerado esta profecía entre los pasajes. Y he señalado que solo desde la fecha de la venida de nuestro Salvador Jesucristo entre los hombres los objetos de reverencia judía —la colina llamada Sion y Jerusalén, los edificios que allí había, es decir, el templo, el santo de los santos, el altar y todo lo demás que allí estaba dedicado a la gloria de Dios— han sido eliminados o conmovidos completamente, en cumplimiento de la palabra que dijo: “He aquí el Señor viene de su lugar y descenderá sobre las alturas de la tierra y las montañas serán conmovidas debajo de él” (viii.3).

Entonces, cuando vemos en nuestros propios días lo que se predijo para las naciones, y cuando el lamento y el llanto que se predijo para los judíos, y el incendio del templo y su total desolación, también pueden ser vistos aún ahora que ocurrieron según la predicción, sin duda debemos coincidir también en que el Rey que fue profetizado, el Cristo de Dios, ha venido, dado que se ha demostrado que las señales de su venida en cada caso que he tratado se han cumplido claramente (viii.4).

No hace falta ser muy sagaz para constatar que Eusebio consideraba cumplido no solo el vaticinio del nacimiento y el ministerio del Mesías, sino hasta las predicciones de la Biblia en general y del mismísimo Jesús en cuanto al fin de todas las cosas. Esto se ve confirmado en el siguiente fragmento del cuarto libro de la Theophania (tomado de la edición de Samuel Lee, Cambridge: Cambridge University Press, 1843):

Sobre los acontecimientos que ocurrirían en el fin de las cosas
Del Evangelio de Mateo
36. [Cita Mateo 24:6-14] Con estas cosas también predijo con claridad que su evangelio sería predicado, de necesidad, en toda la creación, para testimonio a todas las naciones “y que entonces vendría el fin”. Porque el fin del mundo no vendría antes de que [el evangelio] hubiese sido predicado; cuando su palabra hubiese tenido efecto entre todas las naciones, que hubiera poca gente entre la que su evangelio no hubiese sido predicado, entonces el tiempo del fin sería breve [en su venida]. También enseña y dice: “Oiréis de guerras y rumores de guerra: Cuidad que no seáis engañados, porque es necesario que acontezcan; pero aún no es el fin”. También muestra cuándo será esto, porque dice: “El evangelio del reino será predicado en toda la creación, por testimonio de todas las naciones, y entonces viene el fin”. Cuando también “hambres y pestilencias y conmociones [habrá] en diversos lugares, y nación se levante contra nación, y reino contra reino” y haya persecuciones sobrecogedoras y grandes aflicciones. También después de estas cosas, dice: “Y seréis odiados por todas las naciones”, no por ningún otro acto odioso, sino “por causa de mi nombre”.

37. Estas pruebas de la manifestación divina de nuestro Salvador, que hemos visto hasta ahora, son a la vez demostrativas de que tanto las palabras como los hechos [tenidos en vista] son divinos. Porque en los tiempos anteriores, las palabras eran oídas simplemente; pero ahora, en nuestra época, el cumplimiento de estas palabras es, verdaderamente, abiertamente visible, junto con poderes que eclipsan los de toda naturaleza mortal.

La negrita y el subrayado del último párrafo (no las palabras en sí) son míos. Ahora que sabemos que Eusebio no aguardaba el cumplimiento de tales profecías, sino que las daba por cumplidas de forma manifiesta, como era de conocimiento común en su época (definición perfecta de lo que es el preterismo), cabe interpelar a los “expertos” de la secta remanente para que nos expliquen cómo se las arregló Eusebio para ser preterista (y distó de ser el primero) más de mil años antes de Ignacio de Loyola y de Luis del Alcázar. Ante la contundencia de las afirmaciones de Eusebio, no es de extrañar que Froom no tuviera los arrestos necesarios para reproducir la demoledora evaluación del más ilustre de los historiadores no canónicos de la iglesia.

Eduardo Martínez Rancaño