domingo, 9 de octubre de 2011

Comentarios Alarmantes del presidente de la ASD Jan Paulsen


En mayo del 200 el presidente de la Asociación General de la iglesia ASD dirigió un discurso a los líderes de la iglesia ASD en el cual, entre otras, afirmó las siguientes declaraciones:

“...creemos que el ser Adventistas del séptimo día afecta directamente nuestra salvación... yo arriesgaría toda mi vida espiritual y la salvación si yo fuera a dejar lo que soy ahora y unirme a cualquier otra comunión.”

“Es necesario mencionar algo más tocante a que seamos “leales a nuestro legado y nuestra identidad”. Algunos quisieran darnos a creer que últimamente ha habido ajustes importantes respecto a las doctrinas que históricamente han estado al corazón del Adventismo del séptimo día. En particular tomemos el tema de nuestra comprensión del juicio y el ministerio celestial de Cristo en el santuario celestial y los mensajes proféticos que contienen estas enseñanzas. Algunos están sugiriendo que desde las reuniones de 1980 (Glacier View), las mismas enseñanzas que la iglesia afirmara ese año en dichas reuniones, hoy las ha abandonado, y que la iglesia esencialmente se ha acomodado aceptando las posiciones que rechazó en aquel entonces. Tal alegato es una alteración de la realidad, y nada pudiera estar tan lejos de la verdad” (La negrita es nuestra).

“El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyado por los escritos de Elena White, se retiene sin equivocación alguna. Y las autoridades inspiradas en las cuales descansan éstas y otras doctrinas, a saber la Biblia apoyada por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta. Que nadie piense que ha habido un cambio de posición en cuanto a esto.”

Puede ver todo el discurso de Paulsen abajo y el original aquí.

Desde el 29 de abril al 8 de mayo del 2002, unos 45 líderes de la iglesia se reunieron considerando el tema “Unidad teológica en la creciente iglesia mundial”. El grupo se conformó por obreros de la Asociación General, la mayoría de los presidentes de las divisiones mundiales, y varios eruditos. La conferencia fue convocada por la Asociación General y organizada por el Biblical Research Institute (Instituto de investigación bíblica). Las deliberaciones se concertaron alrededor de una serie de escritos teológicos.

A fin de proveer un ambiente bíblico, la conferencia se citó primeramente en Grecia y luego en Turquía. El grupo intercaló la discusión teológica con visitas a Atenas, Corintio, Estambul, y algunas de las localidades de las siete iglesias mencionadas en Apocalipsis 2 y 3, y finalmente Patmos. Trazando los pasos de Pablo y Juan resultó en una experiencia que inspiró profundamente a los participantes.

El presidente de la Asociación General, Jan Paulsen, dio el discurso para establecer la tónica de la reunión. Después de su presentación los líderes allí reunidos pidieron que fuera publicado en la Adventist Review y que también se hiciera disponible como un folleto para repartir por aparte. Por lo tanto, hemos preparado el discurso del pastor Paulsen, “El panorama teológico”, como un adjunto en la Adventist Review y se hizo el arreglo para la impresión de copias adicionales. Los miembros que deseen una copia del discurso deben solicitarlas al Biblical Research Institute, 12501 Old Columbia Pike, Silver Spring, Maryland 20904-6600. - La redacción.


Queriendo reflexionar tocante al panorama teológico tal cual lo veo, me derivo principalmente a nuestra iglesia y nuestra misión. Esta pudiera ser una tarea casi interminable; por lo tanto, comprenderán que escojo entre mis temas. Y también al par que daré ciertos hitos por seguir, tal como los veo, un número de mis observaciones será tan solo para identificar los temas, declarar por qué nos son de importancia, y por qué merecen nuestra atención.*

El escenario ante el cual nos presentamos diariamente como creyentes Adventistas del séptimo día no es nada diferente al de la sociedad en general. No hay un mundo “particular” de los adventistas, por lo mucho que algunos intenten definir algún pequeño rincón como tal. El mundo tal cual lo encontramos al poner pie a la calle, o al escuchar los medios noticieros, agobia por su secularismo y a menudo - particularmente en el occidente - agresivamente ateo, y regularmente se encuentra en pugna con los valores de los sistemas religiosos. Es difícil acertar si esta situación es mayor hoy que en otros tiempos de la historia; la comunicación ha reducido el mundo a tal grado que no solo estamos enterados de lo que sucede en todas partes, sino que también nos sentimos involucrados y comprometidos en la moral y ética por lo que sucede en los lugares más remotos del mundo. Sobre todo, el mundo que nos rodea es muy inseguro e inestable, una realidad que impacta la vida personal de nuestro propio pueblo y reclama la urgencia de nuestra misión como iglesia.

Mi enfoque será en 10 temas:

1. La segunda venida -- ¿Todavía creemos?
A mi parecer, es importante que seamos concientes de la naturaleza transitoria de nuestro mundo, su historia, y nuestro lugar en él. Es algo que debe ocupar nuestro pensamiento, predicación, y planeación como iglesia. Se me hace muy preocupante cuando un miembro de la iglesia se dirige hacia mi con: “¿Por qué ya no escuchamos más del tiempo del fin y de la segunda venida de Cristo? ¿Es que ya no creemos en estas cosas como antes?” Y tristemente, sospecho que entre nosotros hay aquellos que cabalmente ya no creen en estas cosas como creíamos antes. Tal cual otros cristianos han dado con sus propias maneras de comprender el escatón, hay muchos adventistas que por igual han llegado a interpretar el fin negando su literalidad, de tal modo que se les hace más aceptable, más respetable, y que no se inmiscuya tanto en sus vidas personales. A mi parecer, a menos que muy concienzudamente prestemos atención a lo que enseñemos, prediquemos, y escribimos, iremos a la deriva convirtiéndonos en lo que no éramos cuando por primera vez tomamos el nombre de adventistas.

La predicación y la enseñanza del escatón ni es paranoia ni zozobra - ni tampoco pesimismo. Creemos que el mundo tal cual lo conocemos no se puede remediar ni tampoco sobrevivir. Esta no es la perspectiva del cristianismo en general. Pero sí es la Adventista. ¿Hemos reparado con nuestros ministros, con los maestros de nuestras escuelas, con los autores de nuestros libros y revistas, cómo hemos de proyectar estas realidades del futuro tanto en nuestro testimonio público como en la obra pastoral hacia nuestro propio pueblo? ¿Hacemos planes al respecto? Porque si lo desatendemos, con el pasar del tiempo desaparecerán de nuestra vista y pensamiento.

¿Sería posible que con la vista puesta en la misión hemos desestimado el interés que la predicación de estas realidades escatológicas (que yacen al corazón de nuestro mensaje de esperanza) pudieran de hecho traer a la misma gente secular-gente que como tal no ha definido fe alguna en Dios, pero que también han concluido por razones propias que nuestro mundo es inestable e inseguro, y estén esperando que tal vez, justo que tal vez, pudiera haber algo más?

Y cuando se trata de la predicación y la enseñanza de la escatología, yo creo que no es requisito alguno que todas las cosas se entiendan con la claridad de perfección para que la realidad de las últimas cosas se declaren y se acepten por la fe. Y por “las últimas cosas” me refiero primordialmente al ministerio actual de Cristo en el santuario celestial, a la segunda venida de Cristo, y al juicio. Me parece que en este momento, al otro lado del 11 de septiembre, la predicación de las cosas que atestiguan de que Dios interviene en la historia pudiera ser un poderoso testimonio. ¿Acaso no hay hambre por una visión? ¿Será que el 11 de septiembre será el único hito demarcando el fin del tiempo? Pienso que no. Pero sugiero que sea un catalizador para mantenernos despiertos, sobrios, y sensibles sin tener que recurrir a lo que es altamente especulativo, exageradamente imaginativo, y a final de cuentas desprestigiado.

Pero permítanme dar paso atrás. Hice el comentario que una gran parte del occidente está plagado por un agresivo ateismo. Creo que es así, acompañado por el vacío deprimente que crea el agnosticismo. Los dos conviven de alguna manera, y ninguno de ellos conoce a Dios. Uno afirma que él no está allí-que de hecho estamos solos; el otro, simplemente que no sabemos.

Ahora, obviamente esto es un reto a todos los cristianos. Pero también es un reto muy real a nosotros como Adventistas del séptimo día. La creencia en la existencia de Dios es la creencia primordial sobre la cual descansan todas las otras doctrinas como también la vida misma, allí se definen, y se viven. Es donde comienza la fe; y es el punto de partida del cual la fe misma se afirma. Por tanto, es de suma importancia que como Adventistas lo reconozcamos y lo encaremos. Solo se puede hacer si lo encaramos de una manera sistemática, enfocada, y pausada. Esta tarea no solo es nuestra. Otros cristianos también tienen que lidiar con ella, pero debemos dejarlos que ellos hagan lo que les es menester hacer. Nosotros debemos aceptar lo que nos es menester hacer, y esto es algo que es nuestro deber hacer. ¿Están estudiando con sus predicadores, maestros, y escritores como van a hacer eso?

2. El tema de la identidad
Hay muchas cosas que tenemos en común y podemos hacer en común con cristianos de otras iglesias, pero somos cristianos con una identidad muy particularizada. Esa identidad se refleja en enseñanzas, en lo que valoramos, y en nuestra calidad de vida. Me pregunto: ¿Hemos llegado a ser más reconocibles como “cristianos” que como cristianos Adventistas del séptimo día? Y sería posible que esto es algo que nos gustaría ver, y por tanto, nos estamos proyectando deliberadamente de esta manera? Al grado que esto sea así, ¿qué es lo que nos ha traído hasta aquí? ¿Es la consecuencia de un “asalto teológico”? ¿Es la consecuencia de un complejo de inferioridad? ¿Es la consecuencia de que sencillamente queremos combinar mejor?

Aunque no sugiero que nuestros púlpitos debieran excluir a un orador de otro espectro de nuestra comunidad cristiana y que jamás se le vea dirigiendo la palabra en una de nuestras reuniones, hay veces cuando me siento genuinamente perplejo y desconcertado por la razón tras la invitación extendida y lo que tenía que decir que no pudiera haberse dicho por igual y con menos confusión por uno de los nuestros. ¿Estamos por caer víctimas ante algo que no estamos señalando o que no es de nuestra preferencia esclarecer? Estoy hablando de que si estamos prestos a proteger nuestra identidad.

A mediados de la segunda parte de los años 1950 hubo una ventisca barriendo por nuestras filas diciendo que debiéramos ser más “Cristo-céntricos” en nuestra predicación (más theologia crucis y menos theologia gloria). Y eso ha ocurrido, y a buen grado fundamentado por un entendimiento mejor de lo que Elena White en sus escritos nos urgía por hacer. En sí esto fue para bien.

Pero tal cual resultan las cosas, nada es tan sencillo como pareciera, y la habilidad de “hacer esto sin dejar hacer lo otro” queda comprometida. Porque el hecho es que dentro del mundo cristiano más amplio y la cultura en la cual existimos como iglesia, sí tenemos una identidad muy particularizada, la cual perdemos a costas de nuestra propia destrucción. Me recuerdo de las palabras dichas por una hermana laica en uno de nuestros comités-dichas reprochándonos como líderes elegidos: “¡Tienen que recordar que ser un Adventista del séptimo día es algo voluntario!” Y eso es cierto. Aun como cristianos, la gente que adora en nuestras iglesias los sábados de mañana pudieran haber sido otra cosa (luteranos, pentecostales, anglicanos, católicos), pero escogieron ser Adventistas del séptimo día. Somos una comunidad de cristianos con una identidad muy particularizada y definida. Y nuestro pueblo ha tomado una decisión muy pausada y por muy buenas razones. Es importante que no hagamos pasar estas razones por inconsecuentes o irrelevantes.

De tal modo que la pregunta que cada Adventista del séptimo día tiene el derecho de preguntar es: ¿Debemos seguir con el perfil de la identidad Adventista como debiéramos-de nuestros púlpitos en particular, como también en nuestras aulas y nuestras revistas? ¿O sería posible que ya ni lo mencionamos como líderes o nuestras filas profesionales? ¿Cuándo estuvo este ítem en la agenda de su junta, o comité ejecutivo? Esta no es una declaración de vientos y tormentas. Sencillamente se trata de decir que si no se toman medidas para alimentarla y proyectarla, la identidad no se puede preservar.

3. Relacionamientos con otras iglesias
Tal vez cabe aquí dar un vistazo a nuestras relaciones con otras comunidades cristianas. A menudo me he preguntado, ¿Ha cambiado nuestra posición referente al ecumenismo? ¿Se ha suavizado, y entonces por consecuencia, nos es menester cambiar nuestro escenario profético fundamental?

La respuesta, enfáticamente, es no. Consecuentemente hemos sostenido que nos mantendremos por aparte y separadamente del movimiento ecuménico organizado. Y hemos declarado nuestras razones abiertamente. Desde los primeros días de nuestro movimiento hemos declarado que prevemos en las Escrituras dos súper potencias geológicas tomando la prominencia en los últimos días, y hemos declarado cuáles serán estas potencias políticas y religiosas. En este contexto nos sostendremos aparte ya que es la única manera como podemos ser fieles a nuestra misión e identidad. La fidelidad a quién somos y su por qué es crítica. No hay cambio alguno en que somos un ente por separado, y tampoco necesitamos cambiar nuestro escenario profético fundamental.

Por otro lado, ya que nuestra iglesia ha crecido extendiéndose ampliamente, hemos sentido que hay mucha que ganar al afinar nuestra sintonía de comunicación y vínculos de contactos con otras iglesias. Intercambiar información, y estar informados, comprender y ser comprendidos, reúne gran valor. Aislarse totalmente, hablando solo con uno mismo, crea su propia oscuridad. Por esto es que enviamos e invitamos observadores a reuniones de varias iglesias. Por esto, en ocasiones selectas, hemos concertado en conversaciones con teólogos y líderes de otras iglesias. Estas son preciosas oportunidades para dar testimonio de la fe y lo que uno cree. Con tales contactos también descubrimos que hay campos por ejemplo, pertinentes a la labor de las sociedades bíblicas, a temas de libertad religiosa, a temas de los derechos humanos, en donde en algo se puede trabajar en común acuerdo, no solo es posible sino llamativo y muy eficaz.

Sin embargo, recalco nuevamente lo vital que es retener nuestra identidad separadamente. Aunque siempre debemos estar listos a dar razón de nuestra fe, lo hacemos con humildad, respeto, y honradez. Y al dirigir la mirada hacia nosotros, no dejamos de vernos como el remanente histórico reuniendo al remanente fiel de cualquiera y todo lugar a los propósitos de Dios.

4. La idea de "Remanente"
Entre los temas que creo debemos atender en torno a nuestro desarrollo como iglesia es la propia pregunta “¿Qué la iglesia?” ¿Es una pregunta idéntica a la pregunta “¿Qué es la iglesia Adventista del séptimo día?” Hemos hecho algunos comentarios muy generosos con respecto a otras comuniones cristianas, algunos hasta se han asentado en nuestro libro de pólizas. Estas son declaraciones genuinas y sinceras. Surgen en particular cuando nos sentamos a conversar con otros grupos cristianos. Y creo que hemos sido sinceros al afirmar que Dios no es de propiedad nuestra y que nosotros no somos su familia exclusiva. Declaramos que todos los que afirman el nombre de Cristo llevándolo como testimonio a todo pueblo y nación son ciertamente instrumentos de Dios en su esfuerzo de traer la salvación a todos.

Y sin embargo, sostenemos que somos algo especial. La terminología del remanente viene al caso, aunque a veces con renuencia-no estamos tan seguros de las palabras que debemos usar para decirlo. Sospecho que hay muchos en nuestra iglesia que no están tranquilos con esta idea. Y que no lo han reconciliado en sus propias mentes. Somos reacios a que nos perciban como arrogantes, y no queremos dar la impresión de que somos extremadamente exclusivos, pero al mismo tiempo creemos que el ser Adventistas del séptimo día afecta directamente nuestra salvación; pues aunque un creyente puede ser salvo como un católico, yo arriesgaría toda mi vida espiritual y la salvación si yo fuera a dejar lo que soy ahora y unirme a cualquier otra comunión.

También afirmamos que la comunión Adventista es un instrumento de salvación en las manos de Dios cual ningún otro. Afirmamos estas cosas pero nos detenemos justo antes de decir que uno tienen que ser un ASD a fin de ser salvo. Y si usted no tiene que ser un ASD, ¿por qué molestarse? Algunos preguntarán. ¿Hay algo turbio en todo esto? Mi punto es este, ¿Hablamos en serio en cuanto a esto--particularmente con nuestros obreros?

Se escribe muy poco tocante al tema de eclesiología en nuestra iglesia. El vínculo entre el crecimiento de un miembro en conocimiento y entendimiento y la responsabilidad sin reservas del discipulado no se le da el rigor que requiere. En-tendido exige una respuesta. El hecho es que uno como discípulo no puede dar paso afuera de lo que uno es hoy y volver a un estado de menos conocimiento y menos entendimiento. Uno se mueve constantemente hacia adelante, construyendo de continuo sobre lo que había ayer. Cualquier otra cosa sería desobediencia y a mi parecer, pondría en riesgo la vida de uno con el Señor. La obediencia al Señor siempre será obediencia donde uno está-en el tiempo, en la cultura, en la experiencia, y en la historia. Y la salvación tiene esa obediencia como contingencia. Esto debiera templar cualquier inclinación a juzgar a otras comuniones cristianas y a otras experiencias y culturas dentro de nuestra propia iglesia. Uno tiene que considerar el lugar en donde están en su conocimiento del Señor y su verdad, y en su experiencia con él.

Igualmente, ya que el entendimiento y el discipulado son dinámicas que constantemente crecen y marchan hacia adelante, me compele compartir con otros lo que encuentro. Aquellos con quien comparto mis descubrimientos también deben responder a Cristo y dinámicamente marchar hacia adelante al par que el Espíritu los convence abriendo sus corazones y ojos, de otro modo su propia relación con el Señor queda comprometida. Es un proceso sin punto final, y es la razón por la que debemos compartir nuestro entendimiento con cristianos de otras identidades. Sin esto no se puede sostener un discipulado constante. Por eso evangelizamos entre otras comuniones cristianas y con gozo recibimos sus conversos.  El descubrimiento y el discipulado nos compele a hacerlo. Y lo hacemos sin pasar juicio por lo que eran antes.

De tal modo, que en cierto sentido, la iglesia “remanente” es y también está en un proceso de constantemente “llegando a ser”.

5. La diversidad de la iglesia
Es importante que se comprenda ampliamente y a fondo en nuestra iglesia lo que significa estar en una iglesia de diversidad mundial, que somos una comunidad que contiene tanto diversidad como unidad en un solo cuerpo. Le pido a todos nosotros que nos ocupemos en este asunto como tema urgente.

La diversidad de nuestra iglesia se percibe en idiomas, culturas, razas, y en las historias de las gentes en las cuales vivimos. No ha de verse como juicios sobre las personas en cualquiera de los susodichas diversidades. Requiere comprensión y tolerancia por parte de todos nosotros a fin de reconocer que al fin y al cabo la gente será fruto de su propia tierra-aun cuando lleguen a ser Adventistas del séptimo día. Esto ni es pluralismo ni sincretismo-para los cuales no hay lugar en nuestra iglesia. Sencillamente tiene que ver con que por naturaleza estamos vivos y pertenecemos.

Supongo que es algo bueno que el 99 por ciento de nuestro tiempo todos vivimos en lugares del mundo rodeados por nuestra propia cultura. No tenemos porque sentirnos bajo prueba o irritados por lo que nos pareciera un tanto raro y extraño. Pero a veces nos acercamos un poco mas el uno al otro (como por ejemplo en una sesión de la Asociación General, por ejemplo), y allí sentimos la prueba. Si leyeran algunas de las cartas que llegan a mi oficina, comprenderían la razón por que digo que tenemos mucho por avanzar en este tema. Enseñémosle a nuestro pueblo que tenemos que ser moderados en su opinión de otras culturas y gustos-en la música y en el vestido, y tal vez también en la dieta. Diversidad es una realidad de la vida.

6. Y ¿qué de la unidad?
Con nuestro rápido crecimiento actual, la unidad de una sola iglesia alrededor del mundo es un tema en vivo en el escritorio de la dirigencia cada día de la semana-y me refiero en todos los niveles o categorías de liderazgo. ¿A qué voy?

Me parece que todos somos elegidos por una parte muy reducida de nuestra comunidad, la cual llamamos una “constituyente”. Servimos una constituyente particularizada, pero al momento que aceptamos un cargo de liderazgo, sostenemos una responsabilidad hacia toda la iglesia mundial. Cualquiera que no se dé cuenta de esto o no lo acepte no debe de aceptar un cargo de liderazgo. Este papel se manifiesta más claramente en los presidentes de Unión. Si usted piensa en la comunidad Adventista mundial de 20 millones, ellos son escogidos por un segmento muy delgado de ese gráfico que en algunos lugares apenas se puede percibir. Y no obstante al ser elegidos, ellos aceptan una responsabilidad que abarca el globo entero. (Esto se ilustra aun más patentemente pues pertenecen a la junta ejecutiva de la Asociación General.)

Pero el mismo principio tiene cabida en la elección de un anciano de iglesia local. Él o ella puede servir a la congregación local, pero esa congregación es la manifestación de una vida e identidad que es mucha más grande, abarcando el mundo entero. El fracaso de percibir esto, o negarse a aceptarlo, inevitablemente conduce a que a mi parecer, es una forma no muy saludable de pensar en términos locales cuya identidad se defina por límites estrechos en vez de fronteras abiertas las cuales conduzcan eventualmente, hacia algún tipo de congregacionalismo. Cuando éramos “jóvenes” y pequeños como iglesia nos sentíamos expuestos y vulnerables, y recibíamos nuestra fortaleza del conocimiento que en otros lados había más de nosotros.

Aquellos también fueron días diferentes en la misión de la iglesia traspasando las barreras internacionales. Nuestras propias vidas eran enriquecidas y fortalecidas por involucrarnos en las misiones extranjeras y nuestra consciencia que había una iglesia que superaba nuestras fronteras. Con nuestro crecimiento actual, particularmente en el mundo en desarrollo (y con una mentalidad que cambia en el mundo occidental), a veces se nos hace fácil, tal vez hasta natural, comenzar a pensar: nosotros somos los que nos podemos atender mejor; no tenemos por qué dar la razón a otros o derivarnos a nadie más. Y entreverado a este pensar hay un resentimiento o sospecha del poder centralizado.

Veo esto como algo que debemos atender y asumirlo con franqueza. Creo que es saludable que hablemos del tema; vale la pena que lo pongamos por escrito. Cuanta más apertura tengamos al tema, no lo vamos a tomar como algún siniestro. Me parece que también al grado que sea un problema es principalmente un problema del liderazgo. A mi parecer es un problema de menor grado a los miembros que adoran en nuestros recintos, y más uno de liderazgo-pastores al nivel local, y los que son elegidos a cargos administrativos. Creo que es el plan de Dios que debemos ser uno alrededor del mundo; que si esa unidad llegase a flaquear, tomamos el riesgo que nos desintegremos como una iglesia.

7. Dando lugar a diferencias locales
Acompañando esto, debe haber un reconocimiento de lo que es crítico a la una iglesia y a nuestra propia identidad alrededor del mundo, y a lo que se puede, por otro lado derivar al juicio local y a definirse localmente, teniendo en mente el concepto de la “obediencia en donde uno está en el tiempo, cultura, y experiencia”. Nuestra integridad doctrinal es una mundialmente. En nuestras creencias, afirmamos las mismas y las formulamos similarmente. Tenemos un solo Manual de iglesia. Tenemos una estructura organizacional en común. Estamos particularmente integrados mediante nuestra organización financiera y nuestras pólizas alrededor del mundo. Alrededor del mundo mantenemos el mismo enfoque en nuestro estudio semanal de la Biblia (lecciones de la Escuela Sabática). Y compartimos el don de Dios a nuestra iglesia en los escritos de Elena White.

Pero la iglesia siempre estará observando y comprobando “¿Cómo lo hacemos en mi iglesia-o en mi país?” En donde la palabra inspirada no rinde claramente un sí o no, necesitamos dar por legítimo el hecho que habrá variaciones, y que al darse, éstas no se tilden de apostasía.

Al mirarse la iglesia en el espejo habrá dos realidades que constantemente la encaran, la unidad y la diversidad: la primera la tenemos que buscar y nutrir a fin de sobrevivir; la segunda existe naturalmente y tiene vida propia. Cuando la unidad y la diversidad están en pugna, quien siempre pierde es la iglesia. La iglesia rinde mejor y es más eficaz como instrumento de su misión cuando la unidad y la diversidad coexisten en tensión sin hostilidades, aprendiendo a derivarse la una a la otra, pero amando aquello a lo que aman más que a sí mismas.

8. La importancia de nutrir la vida espiritual
Me dirijo a otro tema: el de nutrir la vida espiritual de nuestra iglesia, con miras particularmente a los nuevos miembros. Hemos dado y estamos dando mucho apoyo a la misión, al testimonio, y al crecimiento. De hecho lo hemos puesto en la lista de nuestros valores estratégicos. Entrar áreas donde no hemos entrado previamente es crítico a terminar la obra. Nuestra ventana de la iniciativa 10/40 es inmensa. Y en este campo de poner metas para el crecimiento estamos realizando campañas evangelísticas a gran escala. En algunos lugares múltiples de miles se bautizan al mismo tiempo.

Hay mucho en todo esto que está muy bien, particularmente cuando sucede como resultado de la obra de unidades de pequeños grupos dando testimonio. Es bueno porque primordialmente ya existe una red de relaciones personales, y alguien tiene un interés personal en cada individuo que llega a la iglesia.

Pero no siempre el caso es así. En cualquier día el principio de “tirar la red” atrapará muchos que se van al día siguiente-o un año después. Así que le digo a la iglesia, particularmente en donde el potencial para el crecimiento pareciera sin límites: Asegúrense que tengan los arreglos listos para cuidar lo que se cosecha. Y por “arreglos” quiero decir principalmente (1) una capilla conde los nuevos miembros puedan adorar y (2) la presencia de individuos capaces de nutrir la vida de los nuevos creyentes. Nuestra iglesia en la India, por ejemplo (y hay otros), está manejando esto muy bien. Hay toda una región de múltiples poblaciones que tienen una docena o más de capillas (y una escuela), miles llegan a estas iglesias mediante el bautismo, y los pioneros de la Misión Global se colocan por un plazo de tres a cinco años. Pienso en cierta región en donde en un plazo de 12 meses unos 15,000 fueron bautizados y recibieron capillas y escuelas en donde adorar. Un año después todos están intactos y han aumentado hasta casi 20.000. Eso está bien.

Pero hay otros lugares en donde nuestras iglesias ya están llenas a capacidad, y luego tenemos una serie de campañas con una grande de cosecha y sumamos, por decir 5.000. No tienen a dónde ir, y 12 meses después no se encuentra el 90 por ciento. Esto no está bien. Las estadísticas nos engañan. Y luego se hacen comentarios malévolos de este tipo de crecimiento. Esta es mi inquietud cuando escucho de que se están planificando miles de campañas múltiples durante los próximos par de años, con ayuda financiera. Y cuando pregunto, “¿Cuántas nuevas iglesias están construyendo?” me responde un silencio. El evangelismo importado y el dinero importado en muchos lugares no proveen los lugares de adoración tan necesarios-sólo números que cuando se reportan al sistema de retro-alimentación generan más dinero para obtener más números. No seamos ciegos a los efectos negativos de este ciclo.

Nutrir la vida espiritual significa que lo que nace vive y se fortalece. Nuestro éxito en la misión por Cristo está directamente vinculado al cuidado de la vida espiritual. Debe quedar en claro que si no nutrimos no vamos a desarrollar la siguiente generación de íntegros líderes locales.

9. Involucrados en la sociedad
Se tomado en cuenta que en algunas ocasiones públicamente he declarado la necesidad para que nuestros miembros y nuestra iglesia como organización logren impactar su sociedad en temas de atención social, bienestar social, salud, educación-y sí, hasta el gobierno y la política. En algunos países somos una comunidad de tal tamaño que oficiales públicos y líderes de gobierno (como también los medios noticieros) tienen la apertura y hasta deseosos de conocer la postura que nosotros como iglesia tomamos tocante a una gama de temas. Temas como las libertades, la protección de los derechos personales y la libertad, un ambiente pacífico sin violencia, la ley y el orden tienen un alto valor a cualquier sociedad humana. He declarado y lo seguiré afirmando públicamente que como iglesia tenemos la responsabilidad de involucrarnos en la agenda pública y declararnos abiertamente tocante a estos temas que le dan forma a la vida local de la comunidad. Y ha menudo le he preguntado a nuestro pueblo: “¿Su aldea, su población, su país está en mejores condiciones porque están ahí?” Lo veo como un fracaso si nuestra presencia no resulta en diferencia alguna.

De tal modo que se me pregunta, y la pregunta vale: “¿Estamos detectando un ajuste de cambio en la visión y enfoque de predicar directamente la Palabra hacia cierto tipo de 'evangelio social'”?

La respuesta es que no. Nuestro entendimiento de la Palabra y nuestras doctrinas, particularmente tal cual se formula en todas nuestras 27 doctrinas fundamentales (¡todas ellas!) lo deja en claro, y nuestra obligación es predicarlas con igual claridad. No hay ningún ajuste que cambie en algo este respecto, pero sí es para recalcar de una responsabilidad más que tenemos como comunidad, la realidad de la cual está en relación directa con el incremento en las filas de nuestra iglesia: Tenemos una responsabilidad hacia con Dios y nuestros hermanos en la humanidad para mejorar un pueblo, una ciudad, un país, ¡un mejor mundo que en el cual vivimos hoy! Esto tiene que ver con el ambiente. Tiene que ver con la paz y la seguridad. Tiene que ver con la educación y la salud. Tiene que ver con el futuro de nuestros hijos.  Tiene que ver con la ética y la moral. Pues este también es el reino de Dios, y es el escenario en el cual se amoldan actualmente nuestras vidas. A mi parecer, la ciudadanía cristiana fracasa cuando la iglesia no se involucra como un factor para el bien en su ambiente local.

10. Viviendo con las diferencias
Hay cierta polaridad en nuestra iglesia. Sea hacia la derecha o hacia la izquierda, reaccionarias o liberales, las hay. ¿Qué debiéramos hacer por esto? ¿Debiéramos hacer algo?

Nadie debe sorprenderse porque existen, ni tampoco debiéramos pensar que llegará el día cuando desaparecerán. La predicación escatológica y apocalíptica-las que son parte del legado atesorado de nuestra iglesia-producirán convicciones muy enfocadas y sostenidas con firmeza. Y en el todo, los individuos que se unen a nuestra comunidad lo harán por razones muy particulares y convicciones a las que se aferran firmemente. Un ambiente de polaridades es a veces el resultado de puntos de vista los cuales se sostienen sin ceder en lo más mínimo-estén equivocados o por la razón que sea.

¿Qué haremos con todo eso? Básicamente, sospecho que sencillamente tendremos que aprender a convivir con eso. Se gana muy poco cuando se trata de perseguir esas polaridades. El hacerlo es apropiarse indebidamente de la agenda de la iglesia, y el ambiente que se crea dentro de la iglesia se torna hostil y tenso. Digo que aprendemos a convivir con eso, con el entendimiento que la iglesia, sus enseñanzas, programas, y actividades, deben en todo momento percibirse que son leales a nuestro legado e nuestra identidad, y jamás dar razón al alegato que nos “hemos descarriado”. Aun así, harán una caricatura de nuestra lealtad.

Por supuesto, hay y vendrán momentos en que la iglesia tendrá que dirigirse públicamente a fin aclarar las polaridades, pero entonces la iglesia tiene que proseguir con la empresa de su misión. Allí es donde debe estar el enfoque de la energía y la actividad de la iglesia. No nos dejemos enredar en batallas que en el mejor de los casos son simplemente distracciones.

Es necesario mencionar algo más tocante a que seamos “leales a nuestro legado y nuestra identidad”. Algunos quisieran darnos a creer que últimamente ha habido ajustes importantes respecto a las doctrinas que históricamente han estado al corazón del Adventismo del séptimo día.

En particular tomemos el tema de nuestra comprensión del juicio y el ministerio celestial de Cristo en el santuario celestial y los mensajes proféticos que contienen estas enseñanzas. Algunos están sugiriendo que desde las reuniones de 1980 (Glacier View), las mismas enseñanzas que la iglesia afirmara ese año en dichas reuniones, hoy las ha abandonado, y que la iglesia esencialmente se ha acomodado aceptando las posiciones que rechazó en aquel entonces. Tal alegato es una alteración de la realidad, y nada pudiera estar tan lejos de la verdad. El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyado por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta. Que nadie piense que ha habido un cambio de posición en cuanto a esto.

La cuestión que la iglesia debería tener constantemente en sus sensibilidades es: ¿Hemos sido leales a “quien somos y por qué”? La preservación de nuestra identidad tiene que ver con la integridad de nuestra iglesia. La fidelidad al Señor y a las razones por las que él ha causado que este movimiento surgiera no pueden quedar comprometidas. Si nosotros vamos a la deriva, no son los “hermanos dirigentes” (sean los de la izquierda o al derecha) quienes nos pedirán que rindamos cuentas, sino el mismo Señor. Y a final de cuentas, eso es de veras lo único que importa.

*Tal vez piensen que es extraordinario que éste llegue a sus manos sin puntos de referencia ni citas-aunque muchas tales, tanto de la inspiración y un tanto menos, pudieran haberse provisto. Sin embargo, lo que persigo es una tarea bastante humilde, a saber elegir e identificar, a grandes rasgos, ciertos temas que a mi parecer, son de importancia a la vida y testimonio de nuestra iglesia.
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Jan Paulsen es el presidente de la Asociación General de los Adventistas del séptimo día, con sede en Silver Springs, Maryland.

Traducción: Haroldo S. Camacho

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